La industria musical se ha mantenido en constante evolución. Sus cambios van desde el género que predomina en un tiempo determinado, hasta la forma en que su materia prima es consumida. El caso particular de Tower Records, es un claro ejemplo de lo caprichosa que puede ser la industria, pero a mi parecer, es consecuencia del avance de la tecnología y de cómo se comporta el público.

La evolución de la que hablo tiene que ver con el formato en el que se nos presenta la música. Todos sabemos de la existencia de los viniles, los cassettes, los discos compactos y las descargas digitales. Estas últimas son las causantes de la desaparición de Tower Records, compañía que se dedicaba a comercializar productos musicales físicos. Pero hay que ir un poco hacia atrás para entender el impacto que tuvo la tienda, los problemas que enfrentó y su triste fin.

En el documental All Things Must Pass, Colin Hanks cuenta la historia de esta emblemática compañía: Un lugar que nace de la idea de compartir música, donde la gente podía elegir de entre miles de opciones y llevarse a casa lo que más resonaba con ellos, donde los empleados podían recomendarte cosas según tus gustos y donde se generaba comunidad. Tower Records se convirtió en el referente de la música por excelencia, al grado de que gente de renombre dentro de la industria musical tenía una rutina para acudir a la sucursal.

Si analizamos su propuesta de valor, la tienda ofrecía un paraíso: música, empleados a los que les apasionaba la música, simplicidad, y un espacio físico en el que te era permitido estar, aunque no compraras nada.

No podemos olvidar que el humano es un ser social, y contar con un lugar que además de la música nos ofrezca la posibilidad de interactuar con más personas de gustos similares o completamente opuestos, naturalmente atraería a curiosos que querían vivir la experiencia, o simplemente pertenecer a la moda del momento.

A pesar de que había música para todas las edades, Russ Solomon, fundador de la famosa tienda, cuenta que quienes la mantuvieron viva por tantos años, fueron los jóvenes de las distintas épocas. Todos tenían que ver con el lugar, con las tendencias, expresar su individualidad a través de la música y de las personas con las que se juntaban. Y aunque las generaciones cambiaban, la música se mantenía como la gran constante. Tener una bolsa de Tower Records te hacía parte de algo.

¿Qué ofreció la tienda a la industria musical? ¿Qué fue lo que creó en los clientes para generar el éxito que tuvo? Para responder estas preguntas, es necesario recordar que en el tiempo en el que la tienda abrió sus puertas, la música se consumía principalmente en la radio, lo cual convertía a la empresa en un intermediario ente las disqueras y sus consumidores. Cada sucursal expandía el mercado de la música, haciendo posible que el producto llegara a las manos de más clientes, y que el negocio se mantuviera sano.

La popularidad de Tower Records era tanta, que el mundo debía tenerla a su alcance. Russ, junto con su equipo, hicieron hasta lo imposible por que la tienda estuviera en todos los rincones conocidos. Tanto que llegaron a Asia, donde encontraron un mercado que nadie había explotado. Tomaron la oportunidad y se convirtieron en los únicos importadores de música americana a ese continente, lo cual resultó en un éxito rotundo, del tamaño de 80 sucursales.

Conforme pasó el tiempo, la forma de tener música cambió. La empresa de Solomon aprovechó inteligentemente la introducción del disco compacto, que al ser algo nuevo y de mejor calidad que los viniles y los cassettes de la época, supo vender al público la idea del cambio, de la actualización, y de que ellos te lo facilitaban. No hay que ser unos genios para entender que, si una tienda que se ha ganado la confianza del público te ofrece algo nuevo, lo aceptarás porque cuentas con una historia positiva con la marca, y que si te lo ofrecen, seguro que es algo bueno. Eso, mis pequeños, es el branding.

El cambio continuó ganando terreno, ahora con la aparición de internet y todo lo que traía consigo. De un día para otro, la gente ya no compraba música, podía ser descargada gratuitamente por cualquiera con una computadora y una conexión. Todos los involucrados en la industria musical sufrieron esta etapa, y aunque unos lo merecían más que otros, lo cierto es que el daño fue parejo.

Las disqueras major ya no sabían que hacer, su mina de oro se derrumbó de la noche a la mañana. La gente cayó rendida ante la novedad y la practicidad (por decirlo de alguna manera, ya que si recordamos, los archivos en las primeras etapas de internet tardaban años en descargarse y la calidad no era buena), todos debían tener el juguete nuevo. Las tiendas de discos, como la que da origen a este post, comenzaron a decaer, sus clientes ya no regresaban, las ventas bajaban y las cuentas tenían que seguir siendo pagadas. La lógica dice que un negocio en esas condiciones no puede sostenerse.

Cuentan que mientras más alto estés, más dolorosa será la caída, y Tower Records lo vivió. Todas sus tiendas en el mundo pasaban por lo mismo y había que sacar dinero de algún lado. El movimiento elegido fue vender las sucursales asiáticas, para poder generar ingresos y cubrir las deudas que ascendían con el paso de los días. El imperio de Solomon se desplomó en unos pocos años.

Ya el mundo estaba completamente inmerso en la era digital, y muy pocos tenían aún el gusto por el producto físico, así que el negocio ya no era redituable. Tower Records se declaró en bancarrota en 2004 y dos años después cerraron todas sus tiendas.

El caso de las sucursales asiáticas tiene una historia diferente. Al haberse separado del corporativo global, la crisis que enfrentaba la marca del otro lado del mundo no les afectó en absoluto. Otro punto que tuvieron (y siguen teniendo) a favor es la cultura de sus consumidores: no importa lo avanzada que esté la tecnología, la gente sigue comprando música en formatos físicos. Es tanta la demanda, que hasta la fecha se hacen ediciones especiales solo para este territorio, con canciones, empaques y/o parafernalia que únicamente se puede conseguir ahí.

Es triste pensar que un gran jugador en la industria musical fue derrotado a casi nada de que la nostalgia por lo retro remontara. Mucha gente (incluyéndome) regresamos a comprar música en formato físico, algunos más que otros. En mi caso, claro que compro música en plataformas digitales, me facilita mucho la vida y se adapta perfecto a mis dispositivos, pero cuando se trata de artistas de los que me considero fan, no puedo solo dejarlo ahí. El disco físico me ofrece las mismas canciones que ya compré en línea, pero además tiene un booklet que contiene el arte y las letras, aparte el diseño de la caja y del disco en sí, son cosas que quiero tener, y que el poder guardarlos en un estante, junto a otras cosas que aprecio, hace que automáticamente tengan más valor… al menos para mí.

Puedes encontrar este documental en Netflix.

Imágenes: Pixabay